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Por Juan Domingo Perón

Son muchos los que señalan que se trata de una de las obras cumbre del tres veces presidente argentino, Juan Domingo Perón. Fueron conferencias dictadas y luego en el exilio, se transformaron en texto de consulta.

“La conducción política es un arte”, sostenía Juan Domingo Perón. Pero por otra parte, advertía, que nadie nacía artista. El manual de Conducción Política recogió el contenido de las clases que dictó durante su primera presidencia en la Escuela Superior Peronista.

Para la analista política Claudia Peiró, después de Sarmiento fue el presidente argentino que más escribió. Quizá ayudado por los largos años de exilio que permitieron madurar algunos conceptos. Pero en este caso, se trató de escritos y charlas dadas durante su primera presidencia.

Un Perón joven fue el autor del texto que hoy se hace la primera entrega. (foto Archivo Histórico)

“Es un lugar común atribuirle maquiavelismo a Perón, pero en realidad su doctrina del poder está en las antípodas de la del autor de El Príncipe, quien afirma la autonomía de la política, considerada como una forma de la actividad humana que existe per se, que no está condicionada por ninguna presunción o finalidad que tenga un carácter teológico o moral”, indicó Peiró.

Inspirado más en el filósofo cristiano Jacques Maritain que en Nicolás Macchiavelo, se irán desgranando en sucesivas entregas algunos conceptos de Perón que bien valen ser revisitados para los que lo leyeron y muy apreciados por quienes lo hacen por primera vez.

Consulta permanente. Al igual que El Príncipe se trata de una obra a al que siempre se recurre

La conducción política es un arte

Yo no creo que todos los artistas hayan nacido. Hay un gran porcentaje que con el trabajo se acerca tanto al genio que ha llegado a conseguirlo. Por eso digo que esta cuarta función de la Escuela es quizá la más difícil y la que hay que manejar con una mayor prudencia, para no descorazonar a los hombres y para prestar al Movimiento la ayuda más eficaz, en el orden de su conducción.

Técnica de la conducción

Por otra parte, la conducción, en el campo político, es toda una técnica. En el mundo, en general, no se ha estudiado mayormente esta conducción, porque los hombres encargados de realizarla, en su mayoría, no apuntaron a ser grandes conductores desde muchachos. Apuntaron a todas las demás inclinaciones, más o menos convenientes para ganarse la vida o para triunfar en la vida, pero pocos se han dedicado a profundizar lo que es la conducción, pensando a los quince años que a los cincuenta ellos serían conductores. De manera que poca gente se ha dedicado en el mundo a estudiar profundamente lo que es la técnica de la conducción.

“Pocos se dedicación al estudio de la técnica de conducción”. Dibujo Ricardo Heredia.

La ciencia y el arte de la conducción

La conducción política es todo un arte y ese arte esta regido por principios, como todas las artes. Si no tuviera principios no sería un arte, así como una ciencia que no tiene leyes tampoco es una ciencia. La diferencia que hay entre la ciencia y el arte consiste en que la ciencia se rige por leyes, leyes que dicen que a las mismas causas obedecen los mismos efectos, y el arte se rige por principios que son comunes en su enunciación, pero que son infinitamente variables en su aplicación, y ahí está la dificultad del arte porque el arte no presupone solamente la aplicación de leyes, sino también la aplicación de principios en los cuales la creación representa el ochenta por ciento del fenómeno, y la creación no es producto de una técnic a. La creación es producto de una inspiración que los hombres tienen o no. En esa técnica de la conducción es indudable que existen factores ponderables y factores imponderables.

No hay recetas para conducir pueblos

Por esa razón, en este proceso no se puede aplicar un cálculo de probabilidades, porque los imponderables son tan grandes como los factores que pueden ser previstos y contrapesados en el cálculo. El empleo de formas rígidas, en esta clase de acciones, no es posible. No hay recetas para conducir pueblos, ni hay libros que aconsejen cuáles son los procedimientos, para conducirlos. Los pueblos se conducen vividamente, y los movimientos políticos se manejan conforme al momento, al lugar y a la capacidad de quienes ponen la acción para manejarlos. Sin eso es difícil que pueda conducirse bien. No es la fuerza, no es solamente la inteligencia; no es el; empleo mecánico de los métodos, no es tampoco el sentido ni el sentimiento aislado; no hay un método ideal para realizarlo, ni existe un medio eminentemente empírico. Es decir, es una concentración de circunstancias tan variables, tan difíciles de apreciar, tan complejas de percibir, que la inteligencia y el racionalismo son a menudo sobrepasados por la acción del propio fenómeno. Y para concebirlo hay solamente una cosa superior, que es la percepción intuitiva e inmediata y la contracción que de ese fenómeno vuelve a reproducirse como fenómeno en la colectividad.

(…)

La historia no se repite

Combinando el estudio activo de esos ejemplos, que la experiencia y la realidad presentan, como concretos al análisis, mediante los principios que la inteligencia ha aislado quizá de los propios hechos, uno puede conformar una gimnasia intelectual que le va formando el criterio necesario para la interpretación rápida y eficaz de los hechos y las medidas que en consecuencia pueda tomar. Se estudian todos esos ejemplos en la historia de la conducción política, no para aprenderlos por si se repiten, porque en la historia no se repite dos veces el mismo caso en igual forma.

Hacer trabajar el criterio propio

No se estudian para aprenderlos: se estudian como una gimnasia para ser más sabios en todas las ocasiones. Y eso, realizado en forma activa, no en forma de conferencia o en forma, diremos, de lección. No, no; hay que trabajarlo; hay que hacer trabajar el criterio propio en cada caso, porque es el criterio el que va a servir en los casos y no el ejemplo ni el principio. Hay un caso famoso de la conducción, que se le presentó al general Verdy Du Vernois citado por grandes autores, en la batalla de Nachau. El había sido, durante veinte años, profesor de conducción en la Escuela Superior de Guerra de Francia.

Perón alterna teoría con ejemplos prácticos y así educa. Dibujo de Federico Bonavita

Llegó al campo de batalla y dijo: “¿Qué principio aplico aquí? ¿La economía de las fuerzas?”, y el enemigo se venía encima: “¿Qué principio de la conducción aplico aquí?”, y el enemigo seguía avanzando y había ya tomado contacto las vanguardias. “¿Qué ejemplo de la historia me puede inspirar para la batalla?”, y el adversario seguía avanzando, y ya se producía la “mélange”, como dicen los franceses. Hasta que él se dio cuenta y dijo: “Al diablo los principios y al diablo los ejemplos; veamos de qué se trata, veamos el caso concreto”. Vio el caso concreto como era, resolvió de acuerdo con su criterio y ganó la batalla.

La conducción es siempre la misma

Las conducciones, de cualquier naturaleza, son todas iguales, porque los que varían son los medios y los factores; la conducción es una sola cosa para lo político, para lo social, para lo económico, para lo militar y para todos los órdenes. Quiere decir, señores, que los problemas que la conducción política plantea son casos concretos a resolverse en sí concretamente. Si es necesario, tomar el fenómeno objetivamente; preguntarse en cada caso, como el general Verdy du Vernois: “¿De qué se trata?” Y la solución surge sola, y cada vez surge más fácilmente. Eso es lo que capacita para la verdadera conducción. Es el caso el que inspira y es el caso el que se, realiza por sí.

Selección de textos de la obra Conducción Política de Juan Domingo Perón. (Primera parte)

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